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jueves, 6 de agosto de 2009

CANIBALISMO

Heider Rojas
heider_r@hotmail.com

En el cuento Calibanismo, de Andrés Caicedo, se sugiere que “hay varias maneras de comerse a una persona”. Se describen las formas de hacerlo y el narrador cree que éstas varían dependiendo de si el engullido es hombre o mujer y que comer gente es un hábito como otro: como ir a cine.
Antes, el 17 de diciembre de 1492, Cristóbal Colón anotó en su Diario del Primer Viaje: “Mostráronles dos hombres que les faltavan algunos pedacos de carne de su cuerpo y hiziéronles entender que los caníbales los avían comido a bocados”. El Almirante tanto podía estar limitándose a describir una práctica salvaje, como tomando nota de una pesadilla.
En 1636 Rubens pintó a Saturno devorando a su hijo y, cerca de dos siglos después, una de las pinturas negras de Goya fue Saturno devorando a un hijo. Ambos cuadros alegorizan la situación de Saturno (Cronos) quien, tras haber derrocado a su padre, sabía, por los anuncios de los oráculos, que sería destronado por uno de sus hijos. De ahí que, temeroso, los devoraba. Sin embargo, uno de ellos, Júpiter (Zeus), salvado por su madre, terminó por derrotarlo y expulsarlo del Olimpo. En ambas pinturas Saturno es un ser avejentado, pero en la de Goya la condición del viejo es especialmente terrible. Está asustado, aterrado, los ojos blancos y la oscuridad que rodea el cuerpo expresan una soledad sin igual, que se magnifica porque el torcido cuerpo del viejo es gigantesco.
En el Diccionario Lenehan de impulsos, traducido (¡al fin!) del gaeilge irlandés al español por Eva Gorman, se define el canibalismo como el “acto o la práctica de alimentarse de miembros de la propia especie”. Se asegura que “también se presenta en otros seres vivos. Está documentado entre los hámster, las ratas, los ratones, las serpientes cascabel, los cocodrilos, los escorpiones, la mantis religiosa, las arañas”, y siguen muchos más.
Pero ¿por qué, yendo contra el sentido común, un ser vivo puede querer devorarse a otros de su misma especie? En el mismo diccionario se aventuran razones bien disímiles. La más a mano es, por supuesto, la hambruna; como en el caso de los integrantes del equipo uruguayo de rugby accidentados en los andes chilenos en 1972. No obstante, se proponen otras más sutiles. “El mito de Saturno ejemplifica a primera vista una razón política”, sigue el diccionario, “la conservación a ultranza del poder; pero, mirado con más detenimiento, revela algo de carácter general que en la literatura ha sido un tema recurrente: el desplazamiento del padre por el hijo, el más joven, el que podría llegar a ser más fuerte”. ¡Sí!, ¡por gusto abran Hamlet o Ulises!
Lo inquietante es esto: el diccionario advierte que, así como puede ocurrir con el hijo, “también podría acontecer con el vecino, o el amigo, o el amante, o la generación que viene ¡Hay tantas amenazas!”.
Bueno, antes reseñé que entre distintos seres vivos (y mencioné insectos y reptiles) hay prácticas de canibalismo. Se me olvidó (¿autocensura, acaso?) citar allí a un grupo de vivientes que, de acuerdo con el diccionario, lo practican con ansiedad particular: los escritores. “También los políticos lo practican, por supuesto, y los burócratas y profesores tanto como los jueces, los profesionales en su círculo, en fin… hasta las parejas tienen ese intenso hábito; y a veces pareciera que, entre más civilizados, el gusto por el canibalismo es mayor”.
Sólo que el diccionario llama la atención hacia los escritores “porque cualquiera que no haya estado entre ellos imaginará que, por su condición de creadores, antes que devorar a sus semejantes se preocupan por alentarlos. Ay, mansos lectores: ¡la mayoría son caníbales redomados! Gigantes (a sus propios ojos) que intentan devorar todo lo que pueda disputarles la visibilidad de sus propias figuras”. Los premios literarios, pone por ejemplo, “les producen una alegría incomparable, porque les permiten reunirse para devorar a quien, con buenas o malas artes (para el caníbal escritor da igual) resultó premiado”.
Bueno, en realidad, pensándolo mejor después de repasar el diccionario, es una práctica común, casi cotidiana. Me detengo en las parejas. ¿Acaso al sexo, a hacer “el amor”, no se le llama coloquialmente “comer”?: unos se comen a otros, ¡físico canibalismo! ¡Y hay que ver las miradas y oír las expresiones encendidas de las mujeres cuando uno –o una– les gusta y se lo –o se la– quieren devorar! Ah, y en un sentido más simple, emocional, ¿tragarse no es una expresión cercana o asociada a atragantarse?
El propio narrador de Calibanismo aclara: “no es que me guste ver cómo se comen a la gente, sólo que uno ya soporta eso mejor, cuando ya se vuelve cosa de cada sábado uno ya ha clasificado ese hecho entre lo que se hace todas las semanas”.
Y siendo así –y dado el instinto darwiniano–, es útil adaptarse, aprender a lidiar con el asunto, a sobrellevarlo o dejar que nos resbale. Sobre todo no es bueno dar la impresión de propasarse, podría uno terminar como Saturno.
En lo que me concierne, estoy dispuesto a entregarme sin tapujos a toda comilona, sólo que con este condimento: con el gusto que le atribuyen a Cioran. “A veces quisiera ser caníbal”, se dice que bufó el rumano, “no tanto por el placer de devorar a fulano o mengano, como por el de vomitarlo”.

martes, 13 de enero de 2009

Recomendado de Yenny


Por Yenny Pulido


Me encanta leer sus correos y saber de sus actividades. En este momento esoy dedicada a leer mucho porque los niños en el colegio me piden bastante porque son buenos lectores. Me la he pasado haciendo pruebas sobre lo que les gusta o no y por mencionarte un ejemplo, leímos en grado sexto "El Ejército Negro" de un escritor español Santiago García-Clairac publicado por SM. A los niños les encantó la historia y a pesar de ser tan extenso (600 páginas lo leyeron todo). He pensado que una manera de participar en el grupo es contándoles lo que les gusta leer a los niños e invitándolos a trabajar con ellos cuando ustedes quieran. Este colegio tiene un nivel académico alto y permite definir con claridad tendencias en cuanto a lectura y escritura en los niños.

El ejército negro: El reino de los sueños

En su vida cotidiana, Arturo se enfrenta a matones de instituto y otros mensajeros del mal que acechan su vivienda. Pero en otra dimensión, en los sueños quizás, sus enemigos son dragones y reyes asesinos.
En ambas vidas Arturo lleva consigo los secretos de un sabio alquimista que lucha contra la maldad...
Arturo Adragón, un muchacho de catorce años, lleva una “A” marcada en su rostro, así como una serie de letras en el resto del cuerpo, lo que le hace ser objeto de burlas en el instituto. En La Fundación, su casa, Arturo se refugia en un ambiente lleno de tesoros medievales: espadas, escudos, pergaminos y libros que guardan secretos sobre su origen y el de su familia. Pero La Fundación está en peligro, alguien se quiere apropiar de todos estos tesoros y de grandes secretos que abren la puerta a los sueños de Arturo. Se trata de otro mundo emplazado en el siglo X, en plena Edad Media, otra dimensión donde los enemigos de Arturo son temibles dragones y reyes asesinos. En ambos mundos las fuerzas del Mal buscan los secretos de Arquimaes, custodiados por el misterioso Ejército Negro.

viernes, 9 de enero de 2009

Libros recomendados por Carlos Sánchez

Aparte del libro de Oscar y de la ganadora del Barco de vapor 1, que publicaremos en febrero, quiero recomendarles estos tris libros para niños. Estremecedores.

- El árbol triste de Triunfo Arciniegas[1] (Ediciones SM). Un niño contempla con alegría la súbita llegada de tres nuevos y extraños pájaros al árbol del jardín de su casa. Consulta con su padre de dónde podrían ser las aves y al no establecerlo rápidamente inicia una bitácora de investigador donde anotará todo lo que va aprendiendo. Los pájaros son negros y el niño les ha dado nombres para identificarlos más fácilmente: Teodoro, Santiago, Vladimir. Los pájaros van y vienen con las estaciones, pero el niño está más intrigado con cada nueva visita. Ahora las aves llegan enfermas: Teodoro ha perdido peso, Santiago tiene miedo y nunca abandona el árbol, Vladimir ha perdido plumas. "Hasta de noche brincaban de rama en rama, inquietos, desesperados". El niño se pregunta en su bitácora: ¿Qué está pasando? Finalmente identifica de dónde vienen los pájaros: de un país en guerra. Ese país es Colombia, así nunca se mencione explícitamente la palabra. Pese a sufrir un conflicto bélico interno permanente desde sesenta años, la temática de la guerra en los libros de ficción de la literatura infantil y juvenil colombiana se ha abordado poco, salvo los casos destacados de Los agujeros negros de Yolanda Reyes y Paso a paso, de Irene Vasco. El árbol triste de Triunfo Arciniegas enriquece esta mirada con una narración dramática y sugestiva, rica en matices poéticos, más preocupada por presentar los efectos de la guerra que por hallar culpables o describir la brutalidad del conflicto armado. El libro es vivamente enriquecido por las ilustraciones hiperrealistas del mexicano Diego Álvarez.

- Camino a casa de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng (FCE). En once oraciones y doce ilustraciones se logra describir de un modo estremecedor la historia de una niña de familia humilde, cuyo padre está desaparecido, y que debe enfrentar la agobiante tarea de llevar a cuestas las obligaciones de un hogar en vista de que la madre trabaja en una fábrica. Un león imaginario, a todas luces excéntrico, la acompañará y cuidará de retorno a casa luego de asistir a la escuela. Sin intención moralista o de denuncia social explícita, pero sí con un vigor expresivo no exento de ironía, los autores del libro muestran los difíciles momentos por los que están pasando muchos niños en Colombia. Pobreza, guerra, desplazamiento, abandono, son el pan de cada día. Pero también esta niña es un símbolo de la esperanza, de la heroicidad cotidiana, la imaginación y el humor como respuesta a una realidad desoladora. Este libro fue ganador del prestigioso concurso A la orilla del viento del FCE[2].

- No comas renacuajos de Francisco Montaña (Babel). Esta novela se inscribe en una línea realista-social, con descripciones durísimas de la vida de los niños en los barrios pobres del sur de Bogotá. Cinco niños –dos niñas, tres varones-, abandonados por los padres, intentan sobrevivir en un ambiente de hambre y pobreza extrema. Los personajes son dramáticamente retratados y en los sufrimientos que viven, parecen salidos de películas como Los olvidados de Luis Buñuel o La vendedora de rosas de Víctor Gaviria, o de novelas crudas como El día del odio de Osorio Lizarazo. Todo el tiempo viven situaciones retadoras para niños de su edad, y a la pobreza se suma el agobio moral y la impotencia de actuar frente a una realidad que los desborda. Un tenue brillo de esperanza se avizora en el monólogo de una niña –esta hija de presos políticos- que se propone salvar a David, uno de los protagonistas.

[1] Si bien la primera y la segunda edición fueron publicadas en México en 2006 y 2008, en la colección El Barco de vapor (serie blanca), lo incluimos por ser un autor colombiano representativo.
[2] El libro tiene ISBN mexicano y ha comenzado a circular en Colombia a comienzos de 2009. Buitrago y Yockteng también son autores de otro álbum destacado, Emiliano, un relato sugestivo y lleno de claves visuales sobre las fantasías de un niño típico de un entorno urbano, publicado por Babel libros.